El poder de las expectativas en el periodismo

Hace aproximadamente un mes y medio ocurrió una cosa que me dio mucho que pensar sobre el poder de las expectativas y sobre cómo funciona nuestro cerebro. El español Ignacio Echeverría fue uno de los afectados por el ataque terrorista de Londres que estuvo en “paradero desconocido” durante varios días hasta que por fin las autoridades británicas pudieron confirmar que era tristemente uno de los fallecidos. Los medios de comunicación conocimos el testimonio de uno de los amigos de Ignacio que presenció el momento en que el “héroe del monopatín” recibía un cuchillazo de uno de los terroristas. Era bastante evidente que Ignacio había fallecido, pero faltaba la confirmación oficial y que la familia recibiera permiso para ver el cadáver.

Durante varios días la mayoría de medios de comunicación españoles nos vimos seducidos por el poder de las expectativas y se publicaron y emitieron una lista interminable de noticias y reportajes en los que se “daba por supuesto” que la familia de Ignacio estaba indignada por cómo estaban gestionando la situación las autoridades británicas. Esa posibilidad cuadraba a la perfección con nuestras expectativas, porque a los periodistas nos extrañaba mucho que los británicos no fueran capaces de hacer las autopsias más rápido e incluso llegamos a especular sobre si habría algún asunto turbio detrás de esa tardanza. Pero la realidad es que pocos medios (o ninguno) nos molestamos en confirmar con la familia cercana de Ignacio si realmente estaban indignados por eso. Lo dimos por hecho y nos conformamos con unas declaraciones de una tía de Ignacio, periodista, pero ningún medio habló con los padres o hermanos sobre esa supuesta indignación. Por eso, una vez confirmada oficialmente la muerte de Ignacio, el comunicado de la familia nos dejó atónitos: Ni un reproche, ni una queja, ni atisbo de enfado con las autoridades británicas. En ese comunicado sólo había hueco para el agradecimiento. Las palabras de la familia de Ignacio no encajaban en absoluto con lo que nosotros habíamos dado por supuesto, es decir con nuestras expectativas. ¿Por qué pasó esto? Porque nuestras expectativas modifican la manera en que percibimos el mundo. Porque nuestro cerebro pone atención a lo que le interesa y pasa por alto y evita todo aquello que no nos importa. Nuestra percepción se altera hasta tal punto de que las expectativas nos llevan a ver lo que queremos ver, y eso es lo que nos ocurrió a la mayoría de los medios con la familia del “héroe del monopatín”. Queríamos polémica porque sabemos que es ahí, en el conflicto, donde hay siempre más posibilidades de noticia. Nuestras expectativas hablan pues de nuestros intereses, de lo que queremos que ocurra.

Desde entonces he reflexionado mucho sobre este tema. Como periodista creo que es importante tener muy presente en nuestro trabajo diario cómo funcionan y qué poder tienen sobre nosotros nuestras expectativas. No estaría mal tomar la sana costumbre de preguntarnos cual son nuestras expectativas sobre determinadas noticias. En más de una ocasión es probable que nos demos cuenta de que estamos siendo seducidos por nuestras expectativas y acabemos cambiando el enfoque. La manera en que interpretamos nosotros, los periodistas, los hechos (con nuestras expectativas haciendo su filtro) es la manera en que esos hechos serán presentados a la sociedad. La responsabilidad es enorme. Lo menos que podemos hacer es ejercerla con atención y conciencia.

 

Aldara Martitegui

Add A Comment