De periodistas rehenes, mercenarios y apóstoles

Esta semana estoy preparando y actualizando la clase de Creencias y valores en el periodismo para los alumnos de comunicación a los que imparto mi curso en la Universidad Francisco de Vitoria. Como siempre, tiro de mis propias vivencias, de mi experiencia y de lo que veo cada día a mi alrededor. Mi objetivo es hacer reflexionar a los futuros periodistas sobre la importancia de mantener muy vivos ciertos valores en el ejercicio de nuestra profesión. La responsabilidad es individual, eso lo tengo bastante claro. A mí, al menos la realidad me ha demostrado que no podemos dejar esa labor en manos de los medios para los que trabajamos.

Por supuesto que hay excepciones, pero no es lo habitual. Lo habitual para mí es encontrarme con una mayoría de compañeros de profesión desmotivados y con pocas ganas de cambiar, ni de hacer otras cosas. Nos han vendido la importancia de la especialización y nos lo hemos tragado sin rechistar, y creo que esto nos está haciendo mucho daño. Veo mucha comodidad, sueldos decentes y demasiadas inercias. Se oyen pocas discusiones en mi redacción sobre el enfoque que deberíamos darle a una noticia. Nos conformamos. Hay poco debate con quienes nos pagan y mucho miedo a opinar. Pienso que la crisis económica que a tantísimos periodistas dejó en la calle nos generó un gran temor a ser despedidos. Me da pena. Esa no era mi idea de una redacción de un periódico cuando estaba en la facultad. La cláusula de conciencia se estudiaba a fondo en la Universidad por algo. Yo creo que hoy, a muchos de nosotros, se nos ha olvidado lo que ésa cláusula significa.

Este es el panorama que hay en la actualidad, aunque he de reconocer que no siempre ha sido así. Hace unos días, tirando de memoria, me di cuenta de que yo misma, sin ir más lejos, he vivido un momento profesional en el que las cosas eran diferentes. Mis compañeros y yo estábamos ilusionados, motivados y conectados. Esa era la clave. Formábamos parte de un proyecto muy grande y estábamos orgullosos de ello. Teníamos el respaldo y la confianza de un grupo de empresarios y periodistas que se lanzaban al vacío con el primer canal de información 24 horas en España, y nosotros, un equipo de periodistas, (unos con experiencia, otros, como yo, con bien poca) éramos su red. Alguien confió en nosotros, nos formó, nos embarcó en ese proyecto y se ocupó de recordarnos lo valioso que era nuestro trabajo casi a diario. Y eso que entonces, teníamos muy poquita audiencia. Fue un orgullo para mí formar parte de ese equipo durante todos y cada uno de los 11 años que duró. El espíritu de CNN+ sigue vivo en muchos de nosotros. Ese espíritu, era sencillamente la conciencia compartida de formar parte de un equipo humano con una misión que nos trascendía. Porque creíamos en ese proyecto como si lo hubiéramos creado nosotros.

Pero ¿qué tiene esto que ver con los valores en el periodismo? Pues mucho, porque en realidad, lo que ocurrió en ese sótano de AZCA hace 19 años, es que alguien consiguió alinear nuestros valores personales con los valores de nuestra empresa. No sólo creíamos en ese proyecto, sino que nos sabíamos parte de él y lo sentíamos como nuestro. Alguien se había ocupado de ello. Alguien nos había inculcado esos valores.

Y eso es lo bueno que tienen los valores. Que se pueden inculcar, cambiar, crear unos nuevos, modificar o matizar los viejos…incluso se pueden desechar para siempre los que ya no nos sirven.

La desmotivación, desidia, desazón, apatía y falta de creatividad que veo hoy en esta profesión tiene mucho que ver con esa falta de alineación de valores. Pocos de nosotros sentimos que formamos parte de algo. Es una pena porque es un asunto bastante fácil de arreglar. Pero nadie parece estar por la labor. Igual es porque nadie ve que hay algo que arreglar.

Revolviendo unos viejos apuntes de mi curso de Especialista en coaching de equipos, me topé con el Cuadrante de Scott. Me encantan las metáforas y esta gráfica es muy ilustrativa. Lo que viene a decir el cuadrante es que hay cuatro tipos de empleados en una empresa teniendo en cuenta el interés del empleado por la empresa y el interés de la empresa por el empleado.

La figura del apóstol surge cuando hay un interés mutuo. Se trata de un trabajador que siente la empresa como propia, que comparte un proyecto y una visión, que sus valores y los de la empresa coinciden porque ésta se ha preocupado de hacerle partícipe de ese proyecto.

Después tenemos al rehén: es el tipo de empleado que tiene interés por la empresa, pero no al contrario. El rehén es consciente de ello, pero al sentirse presa de unas buenas condiciones laborales, no se puede marchar y en su día a día se desgasta, está desmotivado.

Cuando la empresa es la que tiene interés en el trabajador, por su experiencia,  conocimientos o habilidades, pero éste se siente desalineado con su proyecto empresarial, tenemos al mercenario. Es un buscador de fortunas que sólo está ahí por interés económico.

En último lugar tenemos al terrorista: son personas resentidas con la empresa y a quienes ésta mantiene por pura inercia. El desinterés es mutuo. Este tipo de empleado ya no comparte ninguna visión con la organización y está más bien volcado en destruirla.

Me duele enormemente admitirlo, pero creo que en esta profesión somos ya demasiados rehenes. No sé qué pensarán mis compañeros. No lo digo para criticar a nadie sino para invitar a la reflexión. Ahí lo dejo. Yo voy a seguir preparando mi clase de Creencias y valores en el periodismo, a ver si entre mis alumnos hay algún futuro directivo y consigo cambiar un poquito las cosas. En esas estoy.

 

Aldara Martitegui

 

 

 

 

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